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Lo Bello

Manifiesto

Muchas veces, como mujeres y hombres que viven en un mundo dinámico, sedimentado en actividades, facetas, ciclos, tiempos, fechas límite y, cada vez más, la búsqueda de una existencia trascendente, legítimamente nos preguntamos, ¿qué lugar ocupa aquí la belleza?, ¿son el tiempo y el dinero que le dedico una inversión razonable?, ¿por qué no concibo no prestar atención a este tipo de cuidados y hábitos?  Contra el estrés existencial y las aparentes contradicciones, hemos llegado a la siguiente reflexión.  Muy interesante.

Es curioso comprobar que, contrariamente a lo que podemos considerar bello desde una mirada superficial, la esencia de la belleza no limita su foco de atención al ser humano y sus formas. De alguna manera, lo liga inevitablemente al medio en que originalmente se desarrolla, la naturaleza, un medio puro, lleno de simetrías y asimetrías, pero en el que reina un orden al que tendemos de forma innata y que es pieza intrínseca a la salud y al bienestar.

Todo se reduce a la sencillez de lo que ya está a nuestro alcance para mejorar nuestra vida y nosotros, como personas que viven a un ritmo exageradamente acelerado, a la vez que condicionadas para centrar nuestra atención en asuntos que rara vez tienen que ver con nuestras necesidades no directamente materiales, llegamos a reafirmarnos en una carta magna de asunciones plagada de contradicciones aparentes, que nos dejan la sensación de vivir en un caos complejo, donde el cuidado de uno mismo, sea de la índole que sea, es a veces percibido como de ‘cuestionable relevancia’.  Nada más lejos de la realidad.

Sentimos la necesidad de dedicar tiempo al cuidado de nuestro físico, no únicamente por el hecho de que una agradable apariencia nos brinda beneficios a nivel social y laboral, sino por la innegable realidad de que vivimos en nuestro cuerpo y con él.  Esto quiere decir que no podemos pretender preocuparnos por nuestra salud si excluimos de la ecuación al medio en que ésta se sostiene físicamente, a nuestro cuerpo.  Como hemos visto, la belleza no es sino el producto resultante del mantenimiento de una serie de hábitos que se mueven en el terreno de la higiene física y mental, el orden y la tendencia a lo puro, a lo natural.

¿Es, pues, legítimo invertir tiempo y recursos en el cuidado de nuestra salud ‘externa’? Como persona que interactúa con otras personas, transmitir una imagen y moverse con una actitud armoniosa, ordenada y expedita, ¿no resulta positivo, incluso respetuoso y generador de confianza hacia uno mismo y los demás?  Pongamos todo esto en la balanza y redefinamos el concepto de belleza, integrándola en el conjunto de hábitos que conforman la salud –y viceversa.

Fdo: Luisa Medina

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